La Soberanía de Dios sobre las Autoridades y el Orden Social

 


En Romanos 13:1-7, el apóstol Pablo nos da una enseñanza clara sobre el papel de las autoridades civiles en la sociedad. Dice:

Sométase toda persona a las autoridades superiores; porque no hay autoridad sino de parte de Dios, y las que hay, por Dios han sido establecidas. (Romanos 13:1)

Este pasaje nos muestra que Dios ha establecido los gobiernos como una estructura de orden en el mundo caído. Aunque los gobiernos pueden cometer errores e incluso ser corruptos, su propósito fundamental es castigar el mal y proteger a los ciudadanos que hacen el bien.

Las Protestas y el Rol del Cristiano

Cuando en una sociedad se desatan protestas violentas, saqueos y disturbios, esto no es un accionar cristiano. La Escritura nos llama a ser pacificadores:

Si es posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los hombres. (Romanos 12:18)

Jesús y los apóstoles vivieron bajo gobiernos hostiles, pero nunca promovieron revueltas ni llamaron a la violencia contra el Estado. Al contrario, el cristiano debe ser un ejemplo de obediencia civil en todo lo que no comprometa la fidelidad a Dios.

El Deber del Gobierno: Restringir el Mal y Proteger a los Justos

Romanos 13:4 dice que la autoridad es "servidora de Dios para tu bien", y que "no en vano lleva la espada, pues es servidor de Dios, vengador para castigar al que hace lo malo."

Cuando hay caos y desorden, el gobierno tiene la responsabilidad de restaurar el orden y proteger a los ciudadanos de bien. Esto significa que:

  • Debe actuar con justicia contra la violencia y el desorden.
  • No debe ser opresivo ni abusar de su autoridad.
  • Su función principal es preservar la paz y castigar a los que obran el mal.

Conclusión

Los cristianos estamos llamados a vivir en paz, ser ciudadanos ejemplares y someternos a las autoridades siempre y cuando no nos aparten de la obediencia a Dios. Protestas llenas de violencia, odio y destrucción no reflejan el carácter de Cristo ni el propósito de la Iglesia. Nuestro llamado es a orar por las autoridades (1 Timoteo 2:1-2) y confiar en que Dios es soberano sobre las naciones.




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